El silbido del camino

Publicado: 12 noviembre, 2012 en Relatos
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El silbido del camino

Al salir del bosque, el hatillo del peregrino descendió hasta rozar el suelo embarrado. Con los dedos temblorosos se ajustó el sombrero roto que le resguardaba inútilmente de la arreciante lluvia. Conteniendo la respiración durante varios segundos, contempló el pueblo. Cuando no pudo aguantar más, espiró.

Cualquier camino es idéntico a los demás cuando todos han perdido su significado. Cualquier pueblo. La chimenea humeante, la iglesia y su campanario, el mismo rumor del agua de la fuente. Había recorrido los cinco continentes. Había dormido en cientos de catres distintos. Y en cientos de suelos. Las nubes habían dibujado ya todas las formas posibles. Hacía muchos kilómetros que las calzadas, recovecos, muros, iglesias, fuentes y almas se respiraban igual. Todas le robaban parte de su aire.

La chimenea de la casa más cercana desprendía un humo ennegrecido que comenzó a penetrar en sus pulmones, tornándose en bronco lamento al recorrer el interior de su ser.  No era la primera vez que lo hospedaba. Inspiró profundamente y el hatillo reemprendió la marcha desde las alturas siguiendo el pesar de unos ecos que rogaban su presencia. El sollozo desesperante que le guiaba se confundía con la tormenta desatada en el exterior. Una batalla de truenos y relámpagos que se reproducía amplificada en su cabeza conforme el llanto se hacía más intenso. El humo se respiraba cada vez más negro. El hombro izquierdo, que cargaba el peso del hatillo, flaqueó con la descarga de una centella y el dolor a punto estuvo de derribarle. Pero no cayó. Ni siquiera él era capaz de recordar por qué, pero debía continuar caminando.

El gemido cesó cuando el peregrino detuvo su presencia frente a la entrada de una casa. El viento, que escapaba raudo a través de la puerta abierta, saltó hasta las heridas abiertas en su piel castigada, arañándolas con crueldad. Moviendo en primer lugar el pie derecho y luego, con torpeza y al descompás, el izquierdo, superó el umbral marcado por la puerta. No fue difícil adaptar la vista a la oscuridad de la estancia. Sus ojos se habían acostumbrado a vivir en la ausencia.

Al fondo, junto a una chimenea apagada, tiritaba arrinconada una familia. El peregrino no reparó en los rasgos físicos que caracterizaban a sus miembros ni en lo que representaban como conjunto. Simplemente se acercó hasta sentir en su tez el aliento pavoroso y nauseabundo de una de esas almas. La del padre. La niña balbuceó y su madre reaccionó aprisionándole la boca con una mano. La pequeña se retorcía de miedo. Sus murmullos se escurrían a través de los dedos maternales que trataban de ahogarlos. La mirada del padre parecía rendirse ante el pulso interior que libraba con el extraño. Sus ojos, finalmente, claudicaron.

La niña aumentó el ímpetu de sus movimientos, que se volvían más convulsos ante la consciencia desaparecida de su progenitor. De repente, éste, con ojos aún cerrados, propinó un grito que sacudió el organismo del peregrino. El hatillo comenzó a caer e impactó estrepitósamente contra el suelo. El nudo se desató y los objetos, hasta entonces resguardados por el paño, se desperdigaron por la estancia. Los cabellos grasientos del portador, en cambio, reposaron pacíficos sobre el piso. El tronco y las extremidades chocaron contra el suelo con la misma modestia. Desde esa posición, sin poder siquiera girar la cabeza, fue testigo del agotamiento mayúsculo del padre. Éste, al ritmo de suspiros entrecortados, abrió lentamente los párpados, aflojó la tensión de sus puños. Respiró aire. Esbozó una sonrisa al contemplar a su familia. Se extrañaban tanto que el abrazo que siguió pareció confundirles. Permanecieron unidos hasta que, acariciando el pelo de su pequeña, le hizo un gesto a su mujer. Con los ojos brillantes por la emoción de ver así a su esposo, sorteó el encuentro con el peregrino y salió de la casa. El padre avanzó unos pasos y con desgana le tendió la mano, sin prestarle atención, entretenido con el pelo rizado de su pequeña. El peregrino la aceptó y consiguió ponerse en pie. Tambaleándose se sacudió el polvo del ropaje y acarició lo que en otro tiempo fue su espalda, ahora entregada al frío por un nuevo y doloroso jirón.

La madre apareció cargada de leña seca. La familia se acomodó alrededor de la chimenea mientras la mujer, provista de una caja húmeda de cerillas, trataba de prender lumbre. El peregrino, corvado y tembloroso, recogió los efectos derramados, los reunió sobre el paño y recompuso el hatillo. La mujer consiguió al fin encender el fuego y frente a él comulgaron los tres. El extraño, ajeno a los sentimientos que compartían, sintió cómo el calor traspasaba sus vértebras destrozadas sin insuflar el más mínimo alivio. Cargó sus pertenencias a la espalda y abandonó aquel hogar, mortificado por un hatillo cada instante más pesado.

En el exterior tosió. Las chimeneas de las casas expulsaban tanto humo que el pueblo y su cielo estaban inundados. Un sinfín de voces se mezclóen su cabeza, llamándole. Obediente, acudió al encuentro. Tras visitar la quinta casa un ataque de tos amenazó con asfixiarle. Al salir de la séptima, comprobó que había perdido la sensibilidad en las manos. Después de la décima apenas podía caminar. Luego dejó de ser consciente de cuántas había visitado. No sabía dónde se encontraba. Ni siquiera recordaba quién era. Pero estos pensamientos se desvanecieron con la irrupción de un nuevo chillido. Le dolía respirar. Se agachó buscando resquicios de aire y así, gateando, torpe, se dirigió a la chabola que divisaba en su cercanía. Arrastrando el hatillo por el suelo embarrado, remolcándolo con el impulso de un presente agotado, volvió a toser.

La puerta le esperaba abierta. Intentó sortear la ola de viento girando la cara a un lado pero la frialdad de la bofetada resultó infranqueable. Dolorido, logró entrar en la chabola. Aferrándose a una de las paredes se puso en pie frente al joven anfitrión. Se acercó a él dando tumbos, sintiendo el olor a cebolla podrida que desprendía su boca cerrada. Un aliento que lo ensuciaba todo. Ambos se miraron sin pronunciar palabra hasta que los ojos del joven se durmieron. Las rodillas del peregrino flaquearon y el grito salvaje que huyó del alma del joven se refugió en él, arrojándole al suelo. El chico volvió en sí. Palpó con las yemas de los dedos cada milímetro de cara hasta cerciorarse de que era suya. Después, apiló en la chimenea la leña que tenía esparcida por la chabola, prendió fuego y se sentó a contemplarlo. El leve quejido que acompañaba cada intento de respiración del peregrino no conseguía distraerle. Los quejidos se agravaron con el paso de las horas. El anfitrión salió del trance y acudió en su ayuda sin urgencia. Metiendo los brazos entre sus axilas y tirando de él hacia arriba consiguió ponerle en pie. Necesitó sostenerle largo rato para que no volviera a caer. Le acompañó hasta la puerta, le acercó sus enseres y se despidió colocándole el sombrero. La lluvia había cesado, dejando paso al sol. El humo negro que sitiaba el pueblo a su llegada se presentaba, ahora, desarmado y gris. Los ojos del peregrino sobrevivían sin mirada

La puerta se cerró tras de sí, marcando el momento en que sus costillas cedieron ante la presión insostenible de un hatillo más pesado que la vida que lo sostenía. El cuerpo, sumido en el destrozo, le abandonó precipitándose contra el barro. Con parte del rostro sumergido en el charco de lodo escuchó el toque de la campana mayor de la iglesia.

Algunos habitantes del pueblo, ataviados con sus trajes de domingo, salieron de sus hogares. El joven de la chabola. La familia de la niña rizosa. Nadie miró al peregrino. Los lugareños se saludaban vociferando los nombres de unos y otros como si con cada pronunciamiento éstos cobraran mayor sustantividad, bromeando sin que la derrotada presencia del moribundo perturbara la calidez de los gestos que compartían. El peregrino ya apenas distinguía un leve rumor en sus exabruptos. La cercanía de los feligreses no hacía sino alejar el sonido de sus voces. La ansiedad de los repiques que siguieron no aceleró el pulso del peregrino. Tras una breve pausa, una campanada aislada pareció cercar su camino, condenándole a fundir su piel con la tierra de un paraje anónimo que jamás conocería su nombre.

Antes de que eso ocurriera pudo vislumbrar como una pequeña piedra se desprendió del suelo, ganando altura con timidez. El resto de piedras la siguieron en su ascenso, cambiando de color con cada metro ganado a la superficie. El agua estancada también emprendió el camino de regreso a las nubes. Envidiosa, la tierra se resquebrajó e intentó elevarse. El cielo, convertido en un anaranjado y enfermizo paraje, se desprendía a pedazos en un sinsentido que el peregrino ya no cuestionaba. Los restos muertos del firmamento arroparon su cuerpo, cubriendo toda posible respuesta con un manto de futilidad irreducible.

Y del caos, surgió un silbido.

Leve e inconstante al principio, fue paciente, cobrando vigor hasta reconciliarse en un susurro de insólita tristeza. Las piedras que se alzaban incongruentes quedaron suspendidas en el aire, contagiadas por el pesar de las notas que componían el susurro.  La tierra, el cielo y el agua firmaron una tregua, mostrando su admiración a la melodía naciente. El peregrino notó un ligero cosquilleo en el interior de su nariz. Una voz de mujer irrumpió en sus fosas nasales y se extendió por su morfología. Una voz esencial que le acariciaba con la narración de una historia. Con el roce de sus versos recuperó la mirada. Enjuició el sinsentido. La voz proseguía su cantar, devolviendo al cielo su azul, recordando a las piedras su lugar, rescatando del olvido un nombre.

Sí. La voz le llamaba por su nombre, seduciéndole con una tristeza inverosímil, que no reclamaba consuelo, bella, pura, que ofrecía envolverlo en su vida, abrazarle con su pronunciar. Al escuchar su propio nombre, el peregrino recordó quién era y por qué caminaba. Ningún camino es idéntico a otro. Ningún pueblo. Se levantó del barro con relativa gracilidad y observó sus manos sin arrugas. Tocó su cara, caliente. Sus hombros volvían a ser fuertes. Y sus piernas. Comenzó a correr en busca de la voz, permitiendo que los objetos que nunca le pertenecieron quedaran enterrados en el lodo, exclamando a los cuatro vientos el nombre que la misteriosa mujer le había devuelto. Se acercaba al origen. La voz provenía de la última casa del pueblo. El peregrino llegó, agarró el pomo de la puerta con decisión, lo giró impaciente y sonrió.

En ese preciso instante, un hombre salió de la iglesia y se ajustó la chaqueta con elegancia. Intercambió unas palabras con el monaguillo acerca del soleado día que Dios les había brindado. Se despidió del resto de feligreses y caminó despacio hacia su hogar, la última casa del pueblo. Cuando entró, su mujer le recibió con un beso tierno. Una voz lírica femenina vestía la estancia, expandiendo su canto a través de las paredes. El hombre se taponó el oído izquierdo con un dedo y accionó el freno del gramófono bloqueando el giro del plato. La música cesó. Continuó besando a su mujer en silencio. Se quitó la chaqueta, se sentó en la hamaca y esperó a que el asado estuviera listo.

Un pequeño gusano emergió del fango y comenzó a recorrer la figura postrada del peregrino. Se introdujo por un descosido y reptó sobre la superficie de su pecho gélido hasta asomarse por la abertura de otro desgarrón. Exploró el relieve de su cara, acercándose a las fosas nasales. El peregrino notó un ligero cosquilleo en el interior de su nariz que confundió con un silbido. Empleó su último aliento en susurrar un nombre que no le pertenecía. Con los ojos cerrados, sonrió.

*****

Texto: Benito Queveda

Ilustración: Pablo Parra —  http://koviski.tumblr.com

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