Luz para fantasmas

Publicado: 12 noviembre, 2012 en Relatos
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“En los teatros de antes de la electricidad, diría el señor Whittier, la luz para fantasmas actuaba como válvula de escape para la presión. Centelleaba y brillaba con más fuerza, para evitar que el lugar explotara si había algún escape en los conductos del gas.”

                                                                                                          CHUCK PALAHNIUK

                                                                                                                       “Fantasmas”

Luz para fantasmas

El ruido de las escobas se desvanece, la puerta que da acceso al pasillo central se cierra y los potentes focos que vigilan desde el techo se apagan. Es entonces cuando una bombilla desnuda situada en el centro del tablado ilumina el teatro. Su luz, aunque débil en apariencia, logra sostener el peso de un silencio aparente, de la aparente ausencia. Pero entre bastidores nada es lo que parece.

Una vieja superstición asegura que la luz solitaria impide que los fantasmas que frecuentan el teatro se aprovechen de la oscuridad para acercarse al tablado. Los espectros quieren representar su historia una vez más. Necesitan comprobar si a través de una correcta puesta en escena pueden comprenderla. Pero el escenario es inalcanzable. Se limitan, así, a recorrer el patio de butacas murmurando monólogos incoherentes que acreditan que alguna vez fueron carne y hueso. La mala acústica del patio propicia que los relatos de unos y otros se entorpezcan. El volumen de sus gritos se incrementa. El abuso sexual que sufrió su hermana menor a manos de su primo y que él no impidió se confunde con la historia del beso de amor que recibió una chica ciega a la salida del colegio. El aliento moribundo de una madre en un sucio hospital de Salamanca y el día en que, sujetándole con ternura, olió por primera vez la cabeza delicada de su hijo recién nacido y se dio cuenta de que era una parte de él. Todas esas historias reducidas a pésimos ecos. Interrumpidas por las demás. Ansiando, todas ellas, el lugar preferencial que merecen en el escenario y en la historia. Maldiciendo la luz que les condena a seguir siendo fantasmas.

Otra superstición igual de antigua asegura que la luz solitaria permanece encendida para que los espectros puedan llegar hasta el tablado. Un faro en la noche que muestra el camino. Frente a ellos, unas butacas vacías dispuestas a escuchar. Los fantasmas se sitúan en las posiciones asignadas por las marcas del suelo y esperan su turno para entonar con vigor aquello que no se atrevieron a susurrar en vida.

Se alza una voz que relata los llantos de una hermana. Los que se repitieron durante años hasta que la pequeña fue consciente de su tragedia y se suicidó. El fantasma número uno da un paso adelante y grita “¡Yo la maté!” y sus palabras se proyectan alrededor del teatro impregnándose en la madera. “¡No lo impedí!”.

Y el fantasma de la chica ciega se acerca a la fuente de calor que desprende la luz. “Me agarró con firmeza y besó mis labios mostrándome lo bella que podía llegar a ser. Fui amada durante unos segundos y después desapareció. Pero sé que volverá para besarme”.

Las funciones se repiten una noche. “Aquella mujer del hospital no era mi madre y sin embargo lo era. Todos esos tubos para respirar…  no la miré a los ojos. Me ofreció su mano huesuda y ni siquiera la rocé”.

Y otra noche. “Lo que más echo de menos es el olor a vida nueva que desprendía al nacer. Esa pequeña criatura era tan mía como suya. No tenía derecho a arrebatármela. Tuve que hacerlo, no me quedaba otra opción”.

La luz les llama y ellos acuden. Muestran sus cicatrices entre sollozos. Observan las butacas, deseando descansar sobre ellas. Pero no pueden. La bombilla permanece encendida y el escenario dispuesto.  Han de seguir narrando las historias que les impiden ser libres. Y gritan al unísono “¡Yo la maté!”, y rezan “¡volverá para besarme!”, y las heridas se abren al recrearse en su dolor, maldiciendo la luz que les condena a seguir siendo fantasmas.

Supersticiones contradictorias iluminadas por la misma bombilla. Amuleto frente al mal o catalizador de pecados. Una cosa es segura, el teatro nunca se sumerge del todo en la oscuridad ni se entrega por completo al silencio. Las historias de vivos y muertos, sean murmullos o gritos, no lo permiten.

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texto: Benito Queveda

Imagen: http://links.es/6084

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