Archivos para enero, 2013

Doubt - Jesús Leguizamo

En la mente escribo novelas
que no publico.
En el pecho tatúo unos versos
que no recito.
En la nuca esbozo un cuadro,
de amor.
En las manos pinto un retablo,
tú y yo
En los pies construyo un barco,
evasión.
Y lo escondo todo cuando te hablo,
maldición.
Y renuncio a todo,
maldición.
Y destruyo todo,
maldición.
Me lo callo todo,
qué dolor.

¿Y por qué he de callar
si quiero pronunciarme?
Mañana voy a gritar
porque quiero liberarme.
Te quiero
y no debo disculparme.

Me quieres,
solo ante mí puedes desnudarte.
Ningún viento te llevará
porque eres arte.
¿Y por qué me callo al hablarte?
Maldición,
otra noche sin besarte

*****

Texto: Benito Queveda

Imagen: Doubt – Jesús Leguizamo  –  http://jesusleguizamo.blogspot.com.es

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Mis días siguen siendo tuyos a pesar de la lejanía. Distancia en el tiempo, en el espacio. ¿Cuántos años han pasado? Decenas de arrugas se han agarrado a mi piel desde entonces. Me tranquiliza pensar que nacen por ti, que cada experiencia que vives intensamente se refleja en mis manos, que cada sonrisa que regalas tensa mi cara con fuerza.

          ¿Recuerdas cuando te reconocí en una sonrisa? Teníamos unos doce años. Paseaba por Santillana del Mar con mis abuelos. Aquella soleada mañana de otoño en la que leías un cuento de fantasmas bajo la sombra de un roble. Una hoja descendió lenta desde la copa, bailando un vals silencioso con el aire, hasta besar tu pelo. Entonces miraste hacia mí y me hechizaste con el leve movimiento de unos labios. Fue bello. Fue amor. Pero te pusiste en pie y empezaste a correr hasta desaparecer. Y yo me quedé allí, inmóvil pero diferente. Nubes grises se confunden con mi memoria enamorada, brindando una fina y elegante lluvia a la tierra de aquel paraje de mi adolescencia. Cierro los ojos y el agua lo inunda todo. Los abro y la tempestad se ha desatado en el océano Atlántico.

            ¿Recuerdas cuando te reconocí en un llanto? Aquella terrible tormenta que nos meció a su antojo por la cubierta de un barco que había de llevarnos a Villa Cisneros. Ni siquiera fui consciente de tu presencia hasta que los vaivenes violentos dictados por la rabia de las olas te entregaron a mi pecho. Te sujeté para evitar que cayeras y así, unidos, jóvenes, permanecimos hasta que cielo y mar se pusieron de acuerdo en ofrecernos una tregua. Al instaurarse la calma, rompiste a llorar. En ese preciso instante supe que eras tú, amor. Desembarcamos en el puerto. Dimos un largo paseo alrededor del mundo. Pero un atardecer soltaste mi mano y te fundiste con la niebla hasta desaparecer.

            ¿Recuerdas cuando te reconocí en un reflejo? La época en París. Aquella evocadora cafetería de Montmartre que se ocultaba, tímida, en una esquina a los pies del Sagrado Corazón. Durante meses no me revelaste quién eras y yo, torpe, no supe verlo. Tus movimientos cuidaban la trayectoria de cada gesto, desnaturalizado. La mirada, neutra. El idioma, distinto. Pero tu imagen, reflejada en un espejo, te delató. Fue la manera en que preparabas el café antes de servírmelo. Tus dedos, frágiles, dirigidos por el corazón, componían una dulce sinfonía acariciando la taza, escogiendo la cucharilla precisa, jugueteando con el sobre de azúcar. No cabía duda. Sin la máscara, tu voz era otra. Cada palabra que pronunciabas se la arrebatabas a la nada. A pesar de nuestra avanzada edad, recorrimos Francia en bicicleta como dos niños deshojando sentimientos recién descubiertos. Sentimientos de otro mundo. Hasta que desapareciste.

            Como un día prometí, he regresado a casa. Es primavera. Contemplo el roble donde todo comenzó y pienso en la posibilidad de que seas un fantasma que logró escapar del cuento. Eso lo explicaría todo. El caminar etéreo, la facilidad para cambiar de rostro, la forma en que terminas desvaneciéndote. O puede que simplemente seas una idea imposible de atrapar. No importa, tu nombre carece de relevancia porque siempre eres tú. Te echo de menos pero no redacto esta carta para expresar hasta qué punto. Tampoco para rogarte que regreses ahora que mis días se agotan. Ni siquiera para refugiarme en el recuerdo de lo vivido. Esta carta solo es una carta de amor.

                                                                                                              Santillana del Mar, hoy.

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Texto: Benito Queveda

Imagen: “Morning Coffee” http://scottmattlin.com

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Charlie Kaufman tiene por costumbre hacer de sus guiones un espacio en el que el personaje principal disfruta de total libertad para expresar sus pensamientos en voz alta. En Confesiones de una mente peligrosa, bajo la dirección de George Clooney, Kaufman nos presenta a un personaje derrotado, desnudo en una habitación de hotel, con una barba descuidada que le llega casi a la altura del corazón. Inmóvil. Con la voz ronca y entrecortada, Chuck, que así se llama el protagonista, comienza a reflexionar sobre un momento concreto de la vida. Lo que dice es que cuando eres joven tu potencial es infinito: podrías llegar a hacer cualquier cosa. Podrías ser Einstein, Podrías ser Ronaldo. Entonces llegas a una edad en el que lo que podrías ser se convierte en lo que has sido. No has sido Einstein. No has sido nada. Este, dice Chuck, es un mal momento.

Una noche te vas a la cama con 15 años, y aunque el sueño te invade, piensas en tu hermano mayor, que estudia medicina sin descanso para salvar cuerpos. Tú eres diferente. A ti te interesa salvar almas, por eso quieres ser músico. Con toda una vida por delante, no lo dudas: el futuro es tuyo. Pero cuando te despiertas tienes 40 años y trabajas de contable para una pequeña empresa peletera. Mientras imprimes unos documentos en tu oficina recuerdas, por casualidad, al niño que quería salvar almas. Hacía décadas que no pensabas en él. Lo ves desde la lejanía, como a un extraño, como una mancha silueteada en un rincón olvidado de tu cabeza. Ya ni siquiera recordabas que algún día existió. Tu memoria no llega a precisar el momento exacto en el que perdiste la oportunidad de tener una vida diferente. Intentas pensar pero no puedes. No tienes ni idea de cómo ni por qué te has convertido en un contable. Sacas el móvil y, compungido, llamas a tu hermano. A ver cómo le va a él lo de salvar cuerpos.

Con el tiempo nos convertimos en algo diferente a lo diseñado en nuestra juventud y en nuestros sueños. Y esto no sucede por tener unas expectativas demasiado altas. No es un problema de falta de potencial. El problema es que vivimos el día a día sin importarnos el mañana. La rapidez con la que se mueve el mundo nos contagia y nos obliga a fijar objetivos a corto plazo para tener un referente claro y concreto de lo que hay que hacer. De esta manera, nos desviamos poco a poco del camino: no más de un milímetro al día. Seguimos adelante, acumulando metros de camino equivocado, y nos despertamos con 40 años, aturdidos, sin saber cuándo ni cómo hemos llegado a esa situación. Este es, sin duda, un mal momento.

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Texto: Benito Queveda

Imagen: http://pausesbetweenthought.tumblr.com/post/28346547573/nature-at-its-finest