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Mis días siguen siendo tuyos a pesar de la lejanía. Distancia en el tiempo, en el espacio. ¿Cuántos años han pasado? Decenas de arrugas se han agarrado a mi piel desde entonces. Me tranquiliza pensar que nacen por ti, que cada experiencia que vives intensamente se refleja en mis manos, que cada sonrisa que regalas tensa mi cara con fuerza.

          ¿Recuerdas cuando te reconocí en una sonrisa? Teníamos unos doce años. Paseaba por Santillana del Mar con mis abuelos. Aquella soleada mañana de otoño en la que leías un cuento de fantasmas bajo la sombra de un roble. Una hoja descendió lenta desde la copa, bailando un vals silencioso con el aire, hasta besar tu pelo. Entonces miraste hacia mí y me hechizaste con el leve movimiento de unos labios. Fue bello. Fue amor. Pero te pusiste en pie y empezaste a correr hasta desaparecer. Y yo me quedé allí, inmóvil pero diferente. Nubes grises se confunden con mi memoria enamorada, brindando una fina y elegante lluvia a la tierra de aquel paraje de mi adolescencia. Cierro los ojos y el agua lo inunda todo. Los abro y la tempestad se ha desatado en el océano Atlántico.

            ¿Recuerdas cuando te reconocí en un llanto? Aquella terrible tormenta que nos meció a su antojo por la cubierta de un barco que había de llevarnos a Villa Cisneros. Ni siquiera fui consciente de tu presencia hasta que los vaivenes violentos dictados por la rabia de las olas te entregaron a mi pecho. Te sujeté para evitar que cayeras y así, unidos, jóvenes, permanecimos hasta que cielo y mar se pusieron de acuerdo en ofrecernos una tregua. Al instaurarse la calma, rompiste a llorar. En ese preciso instante supe que eras tú, amor. Desembarcamos en el puerto. Dimos un largo paseo alrededor del mundo. Pero un atardecer soltaste mi mano y te fundiste con la niebla hasta desaparecer.

            ¿Recuerdas cuando te reconocí en un reflejo? La época en París. Aquella evocadora cafetería de Montmartre que se ocultaba, tímida, en una esquina a los pies del Sagrado Corazón. Durante meses no me revelaste quién eras y yo, torpe, no supe verlo. Tus movimientos cuidaban la trayectoria de cada gesto, desnaturalizado. La mirada, neutra. El idioma, distinto. Pero tu imagen, reflejada en un espejo, te delató. Fue la manera en que preparabas el café antes de servírmelo. Tus dedos, frágiles, dirigidos por el corazón, componían una dulce sinfonía acariciando la taza, escogiendo la cucharilla precisa, jugueteando con el sobre de azúcar. No cabía duda. Sin la máscara, tu voz era otra. Cada palabra que pronunciabas se la arrebatabas a la nada. A pesar de nuestra avanzada edad, recorrimos Francia en bicicleta como dos niños deshojando sentimientos recién descubiertos. Sentimientos de otro mundo. Hasta que desapareciste.

            Como un día prometí, he regresado a casa. Es primavera. Contemplo el roble donde todo comenzó y pienso en la posibilidad de que seas un fantasma que logró escapar del cuento. Eso lo explicaría todo. El caminar etéreo, la facilidad para cambiar de rostro, la forma en que terminas desvaneciéndote. O puede que simplemente seas una idea imposible de atrapar. No importa, tu nombre carece de relevancia porque siempre eres tú. Te echo de menos pero no redacto esta carta para expresar hasta qué punto. Tampoco para rogarte que regreses ahora que mis días se agotan. Ni siquiera para refugiarme en el recuerdo de lo vivido. Esta carta solo es una carta de amor.

                                                                                                              Santillana del Mar, hoy.

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Texto: Benito Queveda

Imagen: “Morning Coffee” http://scottmattlin.com

Ella

Publicado: 17 noviembre, 2012 en Relatos
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Ella

El agua del río se mueve con urgencia, escondida entre montañas que se dejan atrás con cada parpadeo. Él hace lo posible por no llorar. La luz del sol ilumina un árbol diferente, diferentes pueblos, diferentes reflejos que, a pesar de la velocidad con la que desaparecen en el paisaje, se difuminan poco a poco en su mente. Y aprieta los puños tratando de capturar pensamientos alegres que flotan en el aire, que viven en el resto de personas que le acompañan en su solitario viaje. Piensa que los árboles se dejarán de ver en algún momento y entonces no podrá resistirlo. Pensamientos alegres, es lo que necesita. Familia, infancia, escondites, partidos de fútbol con los amigos. Y entonces, sin sentido, sin conexión, aparece su sonrisa. La de ella. La sonrisa que había conseguido agarrarse con tanta fuerza a la cabeza de él. ¿A su cerebro? ¿A su corazón? No sabría decirlo. Y sus ojos. Los de ella. Los que hacían tanto daño. ¿Había merecido la pena? Nieve en el camino. Continúa mirando por la ventana mientras busca en su mente las respuestas. Por un segundo cree haberlas encontrado, pero se escapan, como las hojas de los árboles, que continúan verdes, ajenas a todo. Verdes, como los ojos de ella. Ayer, él era pesimista. Había perdido el tiempo. Años que podía haber dedicado a divertirse. Noches sin dormir pensando en ella, y para qué. Eso pensaba ayer. Hoy no sabe muy bien quién es, no sabría definir su estado, pero de repente se da cuenta de que cada segundo fue precioso. Cada momento, minuto, hora, día, cada gesto. Miradas, sonrisas. Su sonrisa. Todo fue maravilloso y no lo cambiaría por nada. En el exterior cada vez hay más nieve. El verde se difumina. El verde de los prados, el de las hojas de los árboles, el de sus ojos. Ella. ¿Y él? Sonríe. El color y los días se extinguen y él sonríe. Pobre imbécil.

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Texto: Benito Queveda

Imagen: http://shadowsfromthemoon.tumblr.com/

El silbido del camino

Al salir del bosque, el hatillo del peregrino descendió hasta rozar el suelo embarrado. Con los dedos temblorosos se ajustó el sombrero roto que le resguardaba inútilmente de la arreciante lluvia. Conteniendo la respiración durante varios segundos, contempló el pueblo. Cuando no pudo aguantar más, espiró.

Cualquier camino es idéntico a los demás cuando todos han perdido su significado. Cualquier pueblo. La chimenea humeante, la iglesia y su campanario, el mismo rumor del agua de la fuente. Había recorrido los cinco continentes. Había dormido en cientos de catres distintos. Y en cientos de suelos. Las nubes habían dibujado ya todas las formas posibles. Hacía muchos kilómetros que las calzadas, recovecos, muros, iglesias, fuentes y almas se respiraban igual. Todas le robaban parte de su aire.

La chimenea de la casa más cercana desprendía un humo ennegrecido que comenzó a penetrar en sus pulmones, tornándose en bronco lamento al recorrer el interior de su ser.  No era la primera vez que lo hospedaba. Inspiró profundamente y el hatillo reemprendió la marcha desde las alturas siguiendo el pesar de unos ecos que rogaban su presencia. El sollozo desesperante que le guiaba se confundía con la tormenta desatada en el exterior. Una batalla de truenos y relámpagos que se reproducía amplificada en su cabeza conforme el llanto se hacía más intenso. El humo se respiraba cada vez más negro. El hombro izquierdo, que cargaba el peso del hatillo, flaqueó con la descarga de una centella y el dolor a punto estuvo de derribarle. Pero no cayó. Ni siquiera él era capaz de recordar por qué, pero debía continuar caminando.

El gemido cesó cuando el peregrino detuvo su presencia frente a la entrada de una casa. El viento, que escapaba raudo a través de la puerta abierta, saltó hasta las heridas abiertas en su piel castigada, arañándolas con crueldad. Moviendo en primer lugar el pie derecho y luego, con torpeza y al descompás, el izquierdo, superó el umbral marcado por la puerta. No fue difícil adaptar la vista a la oscuridad de la estancia. Sus ojos se habían acostumbrado a vivir en la ausencia.

Al fondo, junto a una chimenea apagada, tiritaba arrinconada una familia. El peregrino no reparó en los rasgos físicos que caracterizaban a sus miembros ni en lo que representaban como conjunto. Simplemente se acercó hasta sentir en su tez el aliento pavoroso y nauseabundo de una de esas almas. La del padre. La niña balbuceó y su madre reaccionó aprisionándole la boca con una mano. La pequeña se retorcía de miedo. Sus murmullos se escurrían a través de los dedos maternales que trataban de ahogarlos. La mirada del padre parecía rendirse ante el pulso interior que libraba con el extraño. Sus ojos, finalmente, claudicaron.

La niña aumentó el ímpetu de sus movimientos, que se volvían más convulsos ante la consciencia desaparecida de su progenitor. De repente, éste, con ojos aún cerrados, propinó un grito que sacudió el organismo del peregrino. El hatillo comenzó a caer e impactó estrepitósamente contra el suelo. El nudo se desató y los objetos, hasta entonces resguardados por el paño, se desperdigaron por la estancia. Los cabellos grasientos del portador, en cambio, reposaron pacíficos sobre el piso. El tronco y las extremidades chocaron contra el suelo con la misma modestia. Desde esa posición, sin poder siquiera girar la cabeza, fue testigo del agotamiento mayúsculo del padre. Éste, al ritmo de suspiros entrecortados, abrió lentamente los párpados, aflojó la tensión de sus puños. Respiró aire. Esbozó una sonrisa al contemplar a su familia. Se extrañaban tanto que el abrazo que siguió pareció confundirles. Permanecieron unidos hasta que, acariciando el pelo de su pequeña, le hizo un gesto a su mujer. Con los ojos brillantes por la emoción de ver así a su esposo, sorteó el encuentro con el peregrino y salió de la casa. El padre avanzó unos pasos y con desgana le tendió la mano, sin prestarle atención, entretenido con el pelo rizado de su pequeña. El peregrino la aceptó y consiguió ponerse en pie. Tambaleándose se sacudió el polvo del ropaje y acarició lo que en otro tiempo fue su espalda, ahora entregada al frío por un nuevo y doloroso jirón.

La madre apareció cargada de leña seca. La familia se acomodó alrededor de la chimenea mientras la mujer, provista de una caja húmeda de cerillas, trataba de prender lumbre. El peregrino, corvado y tembloroso, recogió los efectos derramados, los reunió sobre el paño y recompuso el hatillo. La mujer consiguió al fin encender el fuego y frente a él comulgaron los tres. El extraño, ajeno a los sentimientos que compartían, sintió cómo el calor traspasaba sus vértebras destrozadas sin insuflar el más mínimo alivio. Cargó sus pertenencias a la espalda y abandonó aquel hogar, mortificado por un hatillo cada instante más pesado.

En el exterior tosió. Las chimeneas de las casas expulsaban tanto humo que el pueblo y su cielo estaban inundados. Un sinfín de voces se mezclóen su cabeza, llamándole. Obediente, acudió al encuentro. Tras visitar la quinta casa un ataque de tos amenazó con asfixiarle. Al salir de la séptima, comprobó que había perdido la sensibilidad en las manos. Después de la décima apenas podía caminar. Luego dejó de ser consciente de cuántas había visitado. No sabía dónde se encontraba. Ni siquiera recordaba quién era. Pero estos pensamientos se desvanecieron con la irrupción de un nuevo chillido. Le dolía respirar. Se agachó buscando resquicios de aire y así, gateando, torpe, se dirigió a la chabola que divisaba en su cercanía. Arrastrando el hatillo por el suelo embarrado, remolcándolo con el impulso de un presente agotado, volvió a toser.

La puerta le esperaba abierta. Intentó sortear la ola de viento girando la cara a un lado pero la frialdad de la bofetada resultó infranqueable. Dolorido, logró entrar en la chabola. Aferrándose a una de las paredes se puso en pie frente al joven anfitrión. Se acercó a él dando tumbos, sintiendo el olor a cebolla podrida que desprendía su boca cerrada. Un aliento que lo ensuciaba todo. Ambos se miraron sin pronunciar palabra hasta que los ojos del joven se durmieron. Las rodillas del peregrino flaquearon y el grito salvaje que huyó del alma del joven se refugió en él, arrojándole al suelo. El chico volvió en sí. Palpó con las yemas de los dedos cada milímetro de cara hasta cerciorarse de que era suya. Después, apiló en la chimenea la leña que tenía esparcida por la chabola, prendió fuego y se sentó a contemplarlo. El leve quejido que acompañaba cada intento de respiración del peregrino no conseguía distraerle. Los quejidos se agravaron con el paso de las horas. El anfitrión salió del trance y acudió en su ayuda sin urgencia. Metiendo los brazos entre sus axilas y tirando de él hacia arriba consiguió ponerle en pie. Necesitó sostenerle largo rato para que no volviera a caer. Le acompañó hasta la puerta, le acercó sus enseres y se despidió colocándole el sombrero. La lluvia había cesado, dejando paso al sol. El humo negro que sitiaba el pueblo a su llegada se presentaba, ahora, desarmado y gris. Los ojos del peregrino sobrevivían sin mirada

La puerta se cerró tras de sí, marcando el momento en que sus costillas cedieron ante la presión insostenible de un hatillo más pesado que la vida que lo sostenía. El cuerpo, sumido en el destrozo, le abandonó precipitándose contra el barro. Con parte del rostro sumergido en el charco de lodo escuchó el toque de la campana mayor de la iglesia.

Algunos habitantes del pueblo, ataviados con sus trajes de domingo, salieron de sus hogares. El joven de la chabola. La familia de la niña rizosa. Nadie miró al peregrino. Los lugareños se saludaban vociferando los nombres de unos y otros como si con cada pronunciamiento éstos cobraran mayor sustantividad, bromeando sin que la derrotada presencia del moribundo perturbara la calidez de los gestos que compartían. El peregrino ya apenas distinguía un leve rumor en sus exabruptos. La cercanía de los feligreses no hacía sino alejar el sonido de sus voces. La ansiedad de los repiques que siguieron no aceleró el pulso del peregrino. Tras una breve pausa, una campanada aislada pareció cercar su camino, condenándole a fundir su piel con la tierra de un paraje anónimo que jamás conocería su nombre.

Antes de que eso ocurriera pudo vislumbrar como una pequeña piedra se desprendió del suelo, ganando altura con timidez. El resto de piedras la siguieron en su ascenso, cambiando de color con cada metro ganado a la superficie. El agua estancada también emprendió el camino de regreso a las nubes. Envidiosa, la tierra se resquebrajó e intentó elevarse. El cielo, convertido en un anaranjado y enfermizo paraje, se desprendía a pedazos en un sinsentido que el peregrino ya no cuestionaba. Los restos muertos del firmamento arroparon su cuerpo, cubriendo toda posible respuesta con un manto de futilidad irreducible.

Y del caos, surgió un silbido.

Leve e inconstante al principio, fue paciente, cobrando vigor hasta reconciliarse en un susurro de insólita tristeza. Las piedras que se alzaban incongruentes quedaron suspendidas en el aire, contagiadas por el pesar de las notas que componían el susurro.  La tierra, el cielo y el agua firmaron una tregua, mostrando su admiración a la melodía naciente. El peregrino notó un ligero cosquilleo en el interior de su nariz. Una voz de mujer irrumpió en sus fosas nasales y se extendió por su morfología. Una voz esencial que le acariciaba con la narración de una historia. Con el roce de sus versos recuperó la mirada. Enjuició el sinsentido. La voz proseguía su cantar, devolviendo al cielo su azul, recordando a las piedras su lugar, rescatando del olvido un nombre.

Sí. La voz le llamaba por su nombre, seduciéndole con una tristeza inverosímil, que no reclamaba consuelo, bella, pura, que ofrecía envolverlo en su vida, abrazarle con su pronunciar. Al escuchar su propio nombre, el peregrino recordó quién era y por qué caminaba. Ningún camino es idéntico a otro. Ningún pueblo. Se levantó del barro con relativa gracilidad y observó sus manos sin arrugas. Tocó su cara, caliente. Sus hombros volvían a ser fuertes. Y sus piernas. Comenzó a correr en busca de la voz, permitiendo que los objetos que nunca le pertenecieron quedaran enterrados en el lodo, exclamando a los cuatro vientos el nombre que la misteriosa mujer le había devuelto. Se acercaba al origen. La voz provenía de la última casa del pueblo. El peregrino llegó, agarró el pomo de la puerta con decisión, lo giró impaciente y sonrió.

En ese preciso instante, un hombre salió de la iglesia y se ajustó la chaqueta con elegancia. Intercambió unas palabras con el monaguillo acerca del soleado día que Dios les había brindado. Se despidió del resto de feligreses y caminó despacio hacia su hogar, la última casa del pueblo. Cuando entró, su mujer le recibió con un beso tierno. Una voz lírica femenina vestía la estancia, expandiendo su canto a través de las paredes. El hombre se taponó el oído izquierdo con un dedo y accionó el freno del gramófono bloqueando el giro del plato. La música cesó. Continuó besando a su mujer en silencio. Se quitó la chaqueta, se sentó en la hamaca y esperó a que el asado estuviera listo.

Un pequeño gusano emergió del fango y comenzó a recorrer la figura postrada del peregrino. Se introdujo por un descosido y reptó sobre la superficie de su pecho gélido hasta asomarse por la abertura de otro desgarrón. Exploró el relieve de su cara, acercándose a las fosas nasales. El peregrino notó un ligero cosquilleo en el interior de su nariz que confundió con un silbido. Empleó su último aliento en susurrar un nombre que no le pertenecía. Con los ojos cerrados, sonrió.

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Texto: Benito Queveda

Ilustración: Pablo Parra —  http://koviski.tumblr.com

Luz para fantasmas

Publicado: 12 noviembre, 2012 en Relatos
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“En los teatros de antes de la electricidad, diría el señor Whittier, la luz para fantasmas actuaba como válvula de escape para la presión. Centelleaba y brillaba con más fuerza, para evitar que el lugar explotara si había algún escape en los conductos del gas.”

                                                                                                          CHUCK PALAHNIUK

                                                                                                                       “Fantasmas”

Luz para fantasmas

El ruido de las escobas se desvanece, la puerta que da acceso al pasillo central se cierra y los potentes focos que vigilan desde el techo se apagan. Es entonces cuando una bombilla desnuda situada en el centro del tablado ilumina el teatro. Su luz, aunque débil en apariencia, logra sostener el peso de un silencio aparente, de la aparente ausencia. Pero entre bastidores nada es lo que parece.

Una vieja superstición asegura que la luz solitaria impide que los fantasmas que frecuentan el teatro se aprovechen de la oscuridad para acercarse al tablado. Los espectros quieren representar su historia una vez más. Necesitan comprobar si a través de una correcta puesta en escena pueden comprenderla. Pero el escenario es inalcanzable. Se limitan, así, a recorrer el patio de butacas murmurando monólogos incoherentes que acreditan que alguna vez fueron carne y hueso. La mala acústica del patio propicia que los relatos de unos y otros se entorpezcan. El volumen de sus gritos se incrementa. El abuso sexual que sufrió su hermana menor a manos de su primo y que él no impidió se confunde con la historia del beso de amor que recibió una chica ciega a la salida del colegio. El aliento moribundo de una madre en un sucio hospital de Salamanca y el día en que, sujetándole con ternura, olió por primera vez la cabeza delicada de su hijo recién nacido y se dio cuenta de que era una parte de él. Todas esas historias reducidas a pésimos ecos. Interrumpidas por las demás. Ansiando, todas ellas, el lugar preferencial que merecen en el escenario y en la historia. Maldiciendo la luz que les condena a seguir siendo fantasmas.

Otra superstición igual de antigua asegura que la luz solitaria permanece encendida para que los espectros puedan llegar hasta el tablado. Un faro en la noche que muestra el camino. Frente a ellos, unas butacas vacías dispuestas a escuchar. Los fantasmas se sitúan en las posiciones asignadas por las marcas del suelo y esperan su turno para entonar con vigor aquello que no se atrevieron a susurrar en vida.

Se alza una voz que relata los llantos de una hermana. Los que se repitieron durante años hasta que la pequeña fue consciente de su tragedia y se suicidó. El fantasma número uno da un paso adelante y grita “¡Yo la maté!” y sus palabras se proyectan alrededor del teatro impregnándose en la madera. “¡No lo impedí!”.

Y el fantasma de la chica ciega se acerca a la fuente de calor que desprende la luz. “Me agarró con firmeza y besó mis labios mostrándome lo bella que podía llegar a ser. Fui amada durante unos segundos y después desapareció. Pero sé que volverá para besarme”.

Las funciones se repiten una noche. “Aquella mujer del hospital no era mi madre y sin embargo lo era. Todos esos tubos para respirar…  no la miré a los ojos. Me ofreció su mano huesuda y ni siquiera la rocé”.

Y otra noche. “Lo que más echo de menos es el olor a vida nueva que desprendía al nacer. Esa pequeña criatura era tan mía como suya. No tenía derecho a arrebatármela. Tuve que hacerlo, no me quedaba otra opción”.

La luz les llama y ellos acuden. Muestran sus cicatrices entre sollozos. Observan las butacas, deseando descansar sobre ellas. Pero no pueden. La bombilla permanece encendida y el escenario dispuesto.  Han de seguir narrando las historias que les impiden ser libres. Y gritan al unísono “¡Yo la maté!”, y rezan “¡volverá para besarme!”, y las heridas se abren al recrearse en su dolor, maldiciendo la luz que les condena a seguir siendo fantasmas.

Supersticiones contradictorias iluminadas por la misma bombilla. Amuleto frente al mal o catalizador de pecados. Una cosa es segura, el teatro nunca se sumerge del todo en la oscuridad ni se entrega por completo al silencio. Las historias de vivos y muertos, sean murmullos o gritos, no lo permiten.

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texto: Benito Queveda

Imagen: http://links.es/6084