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Pepe no tiene cara de niño. Apenas tiene pelo, y el poco que alberga en la cumbre de su cabeza es más blanco que la nieve que adornaba sus queridos Picos de Europa en los inviernos de antes. Sus ojos, profundamente hundidos, no transmiten ni siquiera un esbozo de juventud. Algo parecido sucede con sus manos, capaces de abarcar lo inabarcable, repletas de arrugas y experiencia. Y su caminar: comedido y delicado, asegurando cada paso para que ninguno se dé en falso, algo que aprendió cuando era guardia civil.

El cuerpo envejece con el paso de los inviernos y no hay manera de contrarrestarlo de forma natural. El alma… el alma va por otro sitio. Pepe tiene 84 años y se encuentra de pie, apoyado en una de las paredes de una habitación de su casa. Es un espacio diferente. No podría decirse que estuviera apoyado en la pared de un salón o de una salita. Lo más apropiado sería indicar que su espalda reposa sobre un auténtico museo. Los juguetes lo inundan todo. “Trenes de madera, coches antiguos, ejércitos completos de Madelman, muñecos de trapo, caballos de cartón piedra…”. Cuando Pepe repasa su colección apenas reserva tiempo para respirar. “Algunos juguetes son de principios de siglo, aunque la mayoría son de los años cuarenta y cincuenta”. Mientras enumera las piezas que componen su particular museo da la impresión de que las arrugas de sus manos desaparecieran y en sus ojos volviese a brillar la luz de la niñez.

Pepe nació en Tresviso, un pueblo situado en el extremo occidental de Cantabria a 848 metros de altitud. Allí pasó su infancia, bajo la atenta mirada de los Picos de Europa. “La infancia en un pueblo prácticamente incomunicado es muy dura. Apenas éramos treinta vecinos, y teníamos que repartirnos las tareas necesarias entre todos. No había médico, ni profesor, aunque todos teníamos un poco de médicos y un poco de maestros”. En una situación como ésta, Pepe se vio obligado a trabajar desde los nueve años, ayudando a su padre y al resto de vecinos en las labores más importantes para el pueblo.

No había tiempo para la diversión. Sólo cuando las nevadas eran tan fuertes que impedían a los tresvisanos salir de sus casas, podía Pepe hacer lo que más le gustaba: jugar. Una caja de cerillas, una cuerda o una simple vela eran sus compañeras de juego.  “Las únicas cosas con las que podía jugar eran los objetos que encontraba por casa, cosas aparentemente aburridas con las que podía pasarme horas y horas de diversión”. Antes se ha dicho que el cuerpo envejece y no podemos hacer nada por evitarlo. Lo mismo sucede con la infancia. Un pueblo aislado del resto del mundo puede dificultar la infancia de un niño, pero de ninguna manera puede impedir que ésta tenga lugar.

Hace 53 años que Pepe abandonó Tresviso, y decidió cambiar la montaña por el mar. Desde entonces vive en la misma casa, un hogar encuadrado en Cóbreces, un pueblo costero de la provincia de Cantabria. A los pocos meses de instalarse allí con Rosa, su mujer, comenzó a coleccionar juguetes antiguos y decidió fabricar una estantería para colocar estas piezas tan valiosas para él. Esos fueron los comienzos de su museo: una simple balda. Pronto pasaron a ser dos, y con el tiempo cuatro, hasta que llegó un día en el que Rosa se plantó ante su marido. “Le dije que me iba a tener que ir de la casa para que entrasen todos los trastos que compraba”. Pepe se dio cuenta de que el salón y su habitación no eran suficientes para albergar todas las obras de su museo y decidió ampliar la casa. Con la ayuda de un amigo albañil construyó dos habitaciones más y agrandó el salón. Es en una de esas habitaciones donde tiene ahora apoyada su espalda.

“La colección del oeste de Agustín Teixido; aviones, autogiros, autobuses y bólidos Rico; las caravanas del oeste de Mariano Sotorres; coches de época de Guisval…”. Pepe no enseña el museo como lo haría el guía del Louvre. Te das cuenta enseguida, es como si al enseñar los juguetes estuviese enseñando parte de sí mismo. Los movimientos de sus manos y las leves sonrisas que dibuja en su rostro mientras enseña sus pequeñas joyas ayudan a vislumbrar su alma.

“Sigue siendo un niño y lo será hasta el día que se muera. Y años después de su muerte seguirá siendo un niño porque eso no se va de la noche a la mañana”. Javier Miguel, su vecino, tiene 46 años y cree que ésa es la única manera de describir a Pepe. “Siempre le digo que es más joven que yo, y a la vez más sensato. Es un fenómeno porque sabe combinar la jovialidad de la juventud con la madurez y la experiencia de la vejez. Le envidio”.

Rosa, la mujer de Pepe, no comparte la afición por los juguetes de su marido, pero valora mucha esa cualidad en su esposo.  Ella es consciente de la felicidad que le embarga cuando está rodeado de juguetes, y aunque en algún momento ha llegado a sentirse celosa, comprende que para él es algo muy importante. “Aunque no me apasionan los juguetes me encanta ver a mi esposo rodeado de ellos”.

La palabra hobby no es bien recibida por Pepe. Para él, los juguetes son algo más que un simple entretenimiento. “Un juguete ayuda a entender la historia, la cultura y el modo de vivir de cada época. Los juguetes de metal, de plástico, de papel o de cartón. Estos juguetes dicen mucho de las generaciones que los usaron. Unos y otros se han educado mutuamente. Si el gusto por la historia no es un entretenimiento, los juguetes tampoco tienen por qué serlo”.

“Submarinos Ranetta, patinetes de los años 40, escopetas de corcho de los años 30, Soldados Reamsa… estos soldados son el juguete preferido de mi nieto”.

Su único nieto, Pablo, de trece años, ha heredado los ojos hundidos de su abuelo y su pasión por los juguetes. En la casa de Pepe hay una pequeña habitación dedicada a su nieto, donde éste guarda su propia colección de juguetes antiguos. Allí descansan sus soldados preferidos: soldados del ejército de tierra, fabricados en España por la marca Reamsa. Son de plástico y miden siete centímetros. Pepe no ponía ningún reparo en que su nieto jugase con ellos cuando era un niño, porque sabe que además de su valor artístico e histórico los juguetes son, aunque parezca evidente, para jugar. No es por tanto el suyo un amor egoísta. “No soy de esos que guardan los juguetes valiosos celosamente. En cuanto mi nieto comprendió la importancia que tenían se los dejaba coger y jugar con ellos”. Pablo interrumpe a su abuelo. “Cuando tenía cinco años le rompí algún juguete, pero nunca se enfadó. Lo que sí hacía era hablarme una y otra vez sobre lo valiosos que eran, y no sólo por el dinero que costaban”. Pepe escucha muy atento  las palabras de su nieto. Con los ojos vidriosos y una tímida sonrisa pierde, de nuevo, unos cuantos años y las arrugas de su piel se relajan.

Pablo no es el único que se ha beneficiado de la bondad de Pepe. En una ocasión, hace diez años, encontró un juguete que llevaba buscando mucho tiempo: una locomotora de vapor fabricada por la marca Wilesco, un objeto realmente valioso creado a comienzos de siglo: una auténtica maravilla de la ingeniería en miniatura. Lo encontró gracias a un amigo madrileño que regentaba una tienda de juguetes antiguos. Tras mucho tiempo siguiendo la pista a la locomotora por fin dieron con un ejemplar en buen estado de conservación y Pepe pudo añadirla a su particular museo. Allí permaneció, en un lugar preferencial de su habitación, durante tres años. Porque fue entonces cuando conoció a Jaime Gutiérrez, un asturiano del que Pepe sólo acierta a señalar bondad y palabras de afecto. Se encontró por primera vez con Jaime en Oviedo, en el interior de una juguetería especializada en juguetes antiguos. Por aquel entonces Jaime tenía cerca de cuarenta años. Allí entablaron una amigable conversación y más de una hora después el dueño del establecimiento les advirtió de que iba a cerrar la juguetería. “Nos quedamos ensimismados hablando de aviones de guerra en miniatura y locomotoras de vapor y no nos dio tiempo a mirar lo que en principio íbamos a ver en ese sitio.  Después salió el tema de la Wilesco y cuando le dije que yo tenía una se emocionó muchísimo y me rogó que le enseñara la locomotora algún día. Intercambiamos nuestros números de teléfono y de vez en cuando hablábamos”. A través del teléfono se forjó una gran amistad entre los dos y finalmente Jaime acudió a casa de Pepe. “Dijo que había visto colecciones más completas, pero ninguna tan bonita como la mía. Cuando le enseñe la Wilesco me di cuenta de que para él era mucho más importante que para mí. Cuando llegaron las navidades de ese año se lo envié a su casa como regalo de reyes”. El agradecimiento de Jaime, según cuenta su amigo, fue enorme. Un año después, Jaime y su esposa pasaron la Nochebuena cenando con la familia de Pepe, algo que se ha repetido en los últimos años y se ha convertido en una tradición navideña más.

Tekno, el cachorro robótico; Mega Morphs; walkie talkies de Pokemon o superlanchas voladoras no son juguetes de su colección particular. Ésta enumeración se corresponde con lo que se puede encontrar en una juguetería cualquiera de hoy en día. Pepe habla con ojos tristes acerca del futuro poco esperanzador que les espera a los juguetes que hacen rebosar las estanterías metálicas de los grandes almacenes. “Los de ahora están hechos para durar cinco minutos. Ves como tengo razón, los juguetes son representativos de una época y en la actual no se valora la calidad y mucho menos el valor artístico de los juguetes”. Pepe echa un vistazo a la colección de tanques Payá, fabricados en hojalata en la década de los 50. “Me queda el consuelo de haber sabido transmitir a mi nieto el valor de un juguete. Puede que eso ya sea más que suficiente”. Y se contesta a sí mismo cuando sus ojos recobran ese extraño resplandor.

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Texto: Benito Queveda

Imagen: http://helloevelyn.tumblr.com/post/42037869324

Toneladas de nieve

Robaré toneladas de nieve que cubren las aceras
de mil ciudades, toboganes que jamás pensé deslizar,
al tiempo que punzantes segundos increpan
sugiriendo melodías de un dulce respirar.
Plumas de paloma, dicen, sin el rastro de tu sangre
que buscaré sin la esperanza de encontrarme.

Robaré los copos que reposan en perfumados cabellos
y los restos que albergan los tacones más elevados
desechando las almas con el voluminoso destello
que pasados inviernos midieron a mi lado
mostrándome que no queda sitio para la nieve
cuando en vez de uno, dos latidos sientes.

Robaré aquélla con la que juegan los más pequeños,
nueva y pura, incapaz de hacer daño,
con la que juegan los sueños
en los mundos más lejanos y extraños,
donde las zanahorias respiran,
sombreros rotos del frío cobijan
y los ojos sin ser ojos ven el sol.
Toneladas caben si no hay amor,
toneladas para silenciar la única y oxidada canción.

La indeseable mañana inunda a traición la vieja habitación,
para llenar de nieve tengo un hueco en el corazón.
Incesante tarde que grita en raído camisón su vieja canción,
para llenar de nieve tengo un hueco en el corazón.
Detestable noche que humilla sin compasión la vieja pasión,
para llenar de nieve tengo un hueco en el corazón.

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Texto: Benito Queveda

Imagen: http://alexakleiman.tumblr.com/post/40808518922

Doubt - Jesús Leguizamo

En la mente escribo novelas
que no publico.
En el pecho tatúo unos versos
que no recito.
En la nuca esbozo un cuadro,
de amor.
En las manos pinto un retablo,
tú y yo
En los pies construyo un barco,
evasión.
Y lo escondo todo cuando te hablo,
maldición.
Y renuncio a todo,
maldición.
Y destruyo todo,
maldición.
Me lo callo todo,
qué dolor.

¿Y por qué he de callar
si quiero pronunciarme?
Mañana voy a gritar
porque quiero liberarme.
Te quiero
y no debo disculparme.

Me quieres,
solo ante mí puedes desnudarte.
Ningún viento te llevará
porque eres arte.
¿Y por qué me callo al hablarte?
Maldición,
otra noche sin besarte

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Texto: Benito Queveda

Imagen: Doubt – Jesús Leguizamo  –  http://jesusleguizamo.blogspot.com.es

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Mis días siguen siendo tuyos a pesar de la lejanía. Distancia en el tiempo, en el espacio. ¿Cuántos años han pasado? Decenas de arrugas se han agarrado a mi piel desde entonces. Me tranquiliza pensar que nacen por ti, que cada experiencia que vives intensamente se refleja en mis manos, que cada sonrisa que regalas tensa mi cara con fuerza.

          ¿Recuerdas cuando te reconocí en una sonrisa? Teníamos unos doce años. Paseaba por Santillana del Mar con mis abuelos. Aquella soleada mañana de otoño en la que leías un cuento de fantasmas bajo la sombra de un roble. Una hoja descendió lenta desde la copa, bailando un vals silencioso con el aire, hasta besar tu pelo. Entonces miraste hacia mí y me hechizaste con el leve movimiento de unos labios. Fue bello. Fue amor. Pero te pusiste en pie y empezaste a correr hasta desaparecer. Y yo me quedé allí, inmóvil pero diferente. Nubes grises se confunden con mi memoria enamorada, brindando una fina y elegante lluvia a la tierra de aquel paraje de mi adolescencia. Cierro los ojos y el agua lo inunda todo. Los abro y la tempestad se ha desatado en el océano Atlántico.

            ¿Recuerdas cuando te reconocí en un llanto? Aquella terrible tormenta que nos meció a su antojo por la cubierta de un barco que había de llevarnos a Villa Cisneros. Ni siquiera fui consciente de tu presencia hasta que los vaivenes violentos dictados por la rabia de las olas te entregaron a mi pecho. Te sujeté para evitar que cayeras y así, unidos, jóvenes, permanecimos hasta que cielo y mar se pusieron de acuerdo en ofrecernos una tregua. Al instaurarse la calma, rompiste a llorar. En ese preciso instante supe que eras tú, amor. Desembarcamos en el puerto. Dimos un largo paseo alrededor del mundo. Pero un atardecer soltaste mi mano y te fundiste con la niebla hasta desaparecer.

            ¿Recuerdas cuando te reconocí en un reflejo? La época en París. Aquella evocadora cafetería de Montmartre que se ocultaba, tímida, en una esquina a los pies del Sagrado Corazón. Durante meses no me revelaste quién eras y yo, torpe, no supe verlo. Tus movimientos cuidaban la trayectoria de cada gesto, desnaturalizado. La mirada, neutra. El idioma, distinto. Pero tu imagen, reflejada en un espejo, te delató. Fue la manera en que preparabas el café antes de servírmelo. Tus dedos, frágiles, dirigidos por el corazón, componían una dulce sinfonía acariciando la taza, escogiendo la cucharilla precisa, jugueteando con el sobre de azúcar. No cabía duda. Sin la máscara, tu voz era otra. Cada palabra que pronunciabas se la arrebatabas a la nada. A pesar de nuestra avanzada edad, recorrimos Francia en bicicleta como dos niños deshojando sentimientos recién descubiertos. Sentimientos de otro mundo. Hasta que desapareciste.

            Como un día prometí, he regresado a casa. Es primavera. Contemplo el roble donde todo comenzó y pienso en la posibilidad de que seas un fantasma que logró escapar del cuento. Eso lo explicaría todo. El caminar etéreo, la facilidad para cambiar de rostro, la forma en que terminas desvaneciéndote. O puede que simplemente seas una idea imposible de atrapar. No importa, tu nombre carece de relevancia porque siempre eres tú. Te echo de menos pero no redacto esta carta para expresar hasta qué punto. Tampoco para rogarte que regreses ahora que mis días se agotan. Ni siquiera para refugiarme en el recuerdo de lo vivido. Esta carta solo es una carta de amor.

                                                                                                              Santillana del Mar, hoy.

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Texto: Benito Queveda

Imagen: “Morning Coffee” http://scottmattlin.com

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Charlie Kaufman tiene por costumbre hacer de sus guiones un espacio en el que el personaje principal disfruta de total libertad para expresar sus pensamientos en voz alta. En Confesiones de una mente peligrosa, bajo la dirección de George Clooney, Kaufman nos presenta a un personaje derrotado, desnudo en una habitación de hotel, con una barba descuidada que le llega casi a la altura del corazón. Inmóvil. Con la voz ronca y entrecortada, Chuck, que así se llama el protagonista, comienza a reflexionar sobre un momento concreto de la vida. Lo que dice es que cuando eres joven tu potencial es infinito: podrías llegar a hacer cualquier cosa. Podrías ser Einstein, Podrías ser Ronaldo. Entonces llegas a una edad en el que lo que podrías ser se convierte en lo que has sido. No has sido Einstein. No has sido nada. Este, dice Chuck, es un mal momento.

Una noche te vas a la cama con 15 años, y aunque el sueño te invade, piensas en tu hermano mayor, que estudia medicina sin descanso para salvar cuerpos. Tú eres diferente. A ti te interesa salvar almas, por eso quieres ser músico. Con toda una vida por delante, no lo dudas: el futuro es tuyo. Pero cuando te despiertas tienes 40 años y trabajas de contable para una pequeña empresa peletera. Mientras imprimes unos documentos en tu oficina recuerdas, por casualidad, al niño que quería salvar almas. Hacía décadas que no pensabas en él. Lo ves desde la lejanía, como a un extraño, como una mancha silueteada en un rincón olvidado de tu cabeza. Ya ni siquiera recordabas que algún día existió. Tu memoria no llega a precisar el momento exacto en el que perdiste la oportunidad de tener una vida diferente. Intentas pensar pero no puedes. No tienes ni idea de cómo ni por qué te has convertido en un contable. Sacas el móvil y, compungido, llamas a tu hermano. A ver cómo le va a él lo de salvar cuerpos.

Con el tiempo nos convertimos en algo diferente a lo diseñado en nuestra juventud y en nuestros sueños. Y esto no sucede por tener unas expectativas demasiado altas. No es un problema de falta de potencial. El problema es que vivimos el día a día sin importarnos el mañana. La rapidez con la que se mueve el mundo nos contagia y nos obliga a fijar objetivos a corto plazo para tener un referente claro y concreto de lo que hay que hacer. De esta manera, nos desviamos poco a poco del camino: no más de un milímetro al día. Seguimos adelante, acumulando metros de camino equivocado, y nos despertamos con 40 años, aturdidos, sin saber cuándo ni cómo hemos llegado a esa situación. Este es, sin duda, un mal momento.

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Texto: Benito Queveda

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Año 1

Publicado: 28 noviembre, 2012 en Versos
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Verdad lastrada en el camino de una búsqueda abnegada

Cobardes cuerpos entregan la eternidad al acantilado

Tras la coraza de la ausencia se dicta el adiós a lo llorado

Belleza moribunda juega con termitas en madera estrenada

Jolgorio y poses de cartón en la casa de muñecas laureada

Escape templado de dos pequeños pies de niña libres de pecado

Teclas de piano sobre los escombros de una estancia derrocada

Pies desnudos para regar con su pureza la esencia marchitada

Corren hacia una leve melodía que sueña con besar su pasado

Su hoy, su mañana, su siempre, su voz, suspiro quebrantado

Pasos que siembran praderas en las que amar sin condición

Encuentran al extraño niño herido que susurraba la canción

Con una sinfonía de sonrisas responde la valiente forastera

Regalando un mundo ileso que no conoce trinchera

Arropando en sus negros cabellos los vestigios de la suerte

Alejándole de la vida, alejándose, juntos, de toda muerte.

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Texto: Benito Queveda

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Ella

Publicado: 17 noviembre, 2012 en Relatos
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Ella

El agua del río se mueve con urgencia, escondida entre montañas que se dejan atrás con cada parpadeo. Él hace lo posible por no llorar. La luz del sol ilumina un árbol diferente, diferentes pueblos, diferentes reflejos que, a pesar de la velocidad con la que desaparecen en el paisaje, se difuminan poco a poco en su mente. Y aprieta los puños tratando de capturar pensamientos alegres que flotan en el aire, que viven en el resto de personas que le acompañan en su solitario viaje. Piensa que los árboles se dejarán de ver en algún momento y entonces no podrá resistirlo. Pensamientos alegres, es lo que necesita. Familia, infancia, escondites, partidos de fútbol con los amigos. Y entonces, sin sentido, sin conexión, aparece su sonrisa. La de ella. La sonrisa que había conseguido agarrarse con tanta fuerza a la cabeza de él. ¿A su cerebro? ¿A su corazón? No sabría decirlo. Y sus ojos. Los de ella. Los que hacían tanto daño. ¿Había merecido la pena? Nieve en el camino. Continúa mirando por la ventana mientras busca en su mente las respuestas. Por un segundo cree haberlas encontrado, pero se escapan, como las hojas de los árboles, que continúan verdes, ajenas a todo. Verdes, como los ojos de ella. Ayer, él era pesimista. Había perdido el tiempo. Años que podía haber dedicado a divertirse. Noches sin dormir pensando en ella, y para qué. Eso pensaba ayer. Hoy no sabe muy bien quién es, no sabría definir su estado, pero de repente se da cuenta de que cada segundo fue precioso. Cada momento, minuto, hora, día, cada gesto. Miradas, sonrisas. Su sonrisa. Todo fue maravilloso y no lo cambiaría por nada. En el exterior cada vez hay más nieve. El verde se difumina. El verde de los prados, el de las hojas de los árboles, el de sus ojos. Ella. ¿Y él? Sonríe. El color y los días se extinguen y él sonríe. Pobre imbécil.

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Texto: Benito Queveda

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