Posts etiquetados ‘Relatos’

Imagen

Pepe no tiene cara de niño. Apenas tiene pelo, y el poco que alberga en la cumbre de su cabeza es más blanco que la nieve que adornaba sus queridos Picos de Europa en los inviernos de antes. Sus ojos, profundamente hundidos, no transmiten ni siquiera un esbozo de juventud. Algo parecido sucede con sus manos, capaces de abarcar lo inabarcable, repletas de arrugas y experiencia. Y su caminar: comedido y delicado, asegurando cada paso para que ninguno se dé en falso, algo que aprendió cuando era guardia civil.

El cuerpo envejece con el paso de los inviernos y no hay manera de contrarrestarlo de forma natural. El alma… el alma va por otro sitio. Pepe tiene 84 años y se encuentra de pie, apoyado en una de las paredes de una habitación de su casa. Es un espacio diferente. No podría decirse que estuviera apoyado en la pared de un salón o de una salita. Lo más apropiado sería indicar que su espalda reposa sobre un auténtico museo. Los juguetes lo inundan todo. “Trenes de madera, coches antiguos, ejércitos completos de Madelman, muñecos de trapo, caballos de cartón piedra…”. Cuando Pepe repasa su colección apenas reserva tiempo para respirar. “Algunos juguetes son de principios de siglo, aunque la mayoría son de los años cuarenta y cincuenta”. Mientras enumera las piezas que componen su particular museo da la impresión de que las arrugas de sus manos desaparecieran y en sus ojos volviese a brillar la luz de la niñez.

Pepe nació en Tresviso, un pueblo situado en el extremo occidental de Cantabria a 848 metros de altitud. Allí pasó su infancia, bajo la atenta mirada de los Picos de Europa. “La infancia en un pueblo prácticamente incomunicado es muy dura. Apenas éramos treinta vecinos, y teníamos que repartirnos las tareas necesarias entre todos. No había médico, ni profesor, aunque todos teníamos un poco de médicos y un poco de maestros”. En una situación como ésta, Pepe se vio obligado a trabajar desde los nueve años, ayudando a su padre y al resto de vecinos en las labores más importantes para el pueblo.

No había tiempo para la diversión. Sólo cuando las nevadas eran tan fuertes que impedían a los tresvisanos salir de sus casas, podía Pepe hacer lo que más le gustaba: jugar. Una caja de cerillas, una cuerda o una simple vela eran sus compañeras de juego.  “Las únicas cosas con las que podía jugar eran los objetos que encontraba por casa, cosas aparentemente aburridas con las que podía pasarme horas y horas de diversión”. Antes se ha dicho que el cuerpo envejece y no podemos hacer nada por evitarlo. Lo mismo sucede con la infancia. Un pueblo aislado del resto del mundo puede dificultar la infancia de un niño, pero de ninguna manera puede impedir que ésta tenga lugar.

Hace 53 años que Pepe abandonó Tresviso, y decidió cambiar la montaña por el mar. Desde entonces vive en la misma casa, un hogar encuadrado en Cóbreces, un pueblo costero de la provincia de Cantabria. A los pocos meses de instalarse allí con Rosa, su mujer, comenzó a coleccionar juguetes antiguos y decidió fabricar una estantería para colocar estas piezas tan valiosas para él. Esos fueron los comienzos de su museo: una simple balda. Pronto pasaron a ser dos, y con el tiempo cuatro, hasta que llegó un día en el que Rosa se plantó ante su marido. “Le dije que me iba a tener que ir de la casa para que entrasen todos los trastos que compraba”. Pepe se dio cuenta de que el salón y su habitación no eran suficientes para albergar todas las obras de su museo y decidió ampliar la casa. Con la ayuda de un amigo albañil construyó dos habitaciones más y agrandó el salón. Es en una de esas habitaciones donde tiene ahora apoyada su espalda.

“La colección del oeste de Agustín Teixido; aviones, autogiros, autobuses y bólidos Rico; las caravanas del oeste de Mariano Sotorres; coches de época de Guisval…”. Pepe no enseña el museo como lo haría el guía del Louvre. Te das cuenta enseguida, es como si al enseñar los juguetes estuviese enseñando parte de sí mismo. Los movimientos de sus manos y las leves sonrisas que dibuja en su rostro mientras enseña sus pequeñas joyas ayudan a vislumbrar su alma.

“Sigue siendo un niño y lo será hasta el día que se muera. Y años después de su muerte seguirá siendo un niño porque eso no se va de la noche a la mañana”. Javier Miguel, su vecino, tiene 46 años y cree que ésa es la única manera de describir a Pepe. “Siempre le digo que es más joven que yo, y a la vez más sensato. Es un fenómeno porque sabe combinar la jovialidad de la juventud con la madurez y la experiencia de la vejez. Le envidio”.

Rosa, la mujer de Pepe, no comparte la afición por los juguetes de su marido, pero valora mucha esa cualidad en su esposo.  Ella es consciente de la felicidad que le embarga cuando está rodeado de juguetes, y aunque en algún momento ha llegado a sentirse celosa, comprende que para él es algo muy importante. “Aunque no me apasionan los juguetes me encanta ver a mi esposo rodeado de ellos”.

La palabra hobby no es bien recibida por Pepe. Para él, los juguetes son algo más que un simple entretenimiento. “Un juguete ayuda a entender la historia, la cultura y el modo de vivir de cada época. Los juguetes de metal, de plástico, de papel o de cartón. Estos juguetes dicen mucho de las generaciones que los usaron. Unos y otros se han educado mutuamente. Si el gusto por la historia no es un entretenimiento, los juguetes tampoco tienen por qué serlo”.

“Submarinos Ranetta, patinetes de los años 40, escopetas de corcho de los años 30, Soldados Reamsa… estos soldados son el juguete preferido de mi nieto”.

Su único nieto, Pablo, de trece años, ha heredado los ojos hundidos de su abuelo y su pasión por los juguetes. En la casa de Pepe hay una pequeña habitación dedicada a su nieto, donde éste guarda su propia colección de juguetes antiguos. Allí descansan sus soldados preferidos: soldados del ejército de tierra, fabricados en España por la marca Reamsa. Son de plástico y miden siete centímetros. Pepe no ponía ningún reparo en que su nieto jugase con ellos cuando era un niño, porque sabe que además de su valor artístico e histórico los juguetes son, aunque parezca evidente, para jugar. No es por tanto el suyo un amor egoísta. “No soy de esos que guardan los juguetes valiosos celosamente. En cuanto mi nieto comprendió la importancia que tenían se los dejaba coger y jugar con ellos”. Pablo interrumpe a su abuelo. “Cuando tenía cinco años le rompí algún juguete, pero nunca se enfadó. Lo que sí hacía era hablarme una y otra vez sobre lo valiosos que eran, y no sólo por el dinero que costaban”. Pepe escucha muy atento  las palabras de su nieto. Con los ojos vidriosos y una tímida sonrisa pierde, de nuevo, unos cuantos años y las arrugas de su piel se relajan.

Pablo no es el único que se ha beneficiado de la bondad de Pepe. En una ocasión, hace diez años, encontró un juguete que llevaba buscando mucho tiempo: una locomotora de vapor fabricada por la marca Wilesco, un objeto realmente valioso creado a comienzos de siglo: una auténtica maravilla de la ingeniería en miniatura. Lo encontró gracias a un amigo madrileño que regentaba una tienda de juguetes antiguos. Tras mucho tiempo siguiendo la pista a la locomotora por fin dieron con un ejemplar en buen estado de conservación y Pepe pudo añadirla a su particular museo. Allí permaneció, en un lugar preferencial de su habitación, durante tres años. Porque fue entonces cuando conoció a Jaime Gutiérrez, un asturiano del que Pepe sólo acierta a señalar bondad y palabras de afecto. Se encontró por primera vez con Jaime en Oviedo, en el interior de una juguetería especializada en juguetes antiguos. Por aquel entonces Jaime tenía cerca de cuarenta años. Allí entablaron una amigable conversación y más de una hora después el dueño del establecimiento les advirtió de que iba a cerrar la juguetería. “Nos quedamos ensimismados hablando de aviones de guerra en miniatura y locomotoras de vapor y no nos dio tiempo a mirar lo que en principio íbamos a ver en ese sitio.  Después salió el tema de la Wilesco y cuando le dije que yo tenía una se emocionó muchísimo y me rogó que le enseñara la locomotora algún día. Intercambiamos nuestros números de teléfono y de vez en cuando hablábamos”. A través del teléfono se forjó una gran amistad entre los dos y finalmente Jaime acudió a casa de Pepe. “Dijo que había visto colecciones más completas, pero ninguna tan bonita como la mía. Cuando le enseñe la Wilesco me di cuenta de que para él era mucho más importante que para mí. Cuando llegaron las navidades de ese año se lo envié a su casa como regalo de reyes”. El agradecimiento de Jaime, según cuenta su amigo, fue enorme. Un año después, Jaime y su esposa pasaron la Nochebuena cenando con la familia de Pepe, algo que se ha repetido en los últimos años y se ha convertido en una tradición navideña más.

Tekno, el cachorro robótico; Mega Morphs; walkie talkies de Pokemon o superlanchas voladoras no son juguetes de su colección particular. Ésta enumeración se corresponde con lo que se puede encontrar en una juguetería cualquiera de hoy en día. Pepe habla con ojos tristes acerca del futuro poco esperanzador que les espera a los juguetes que hacen rebosar las estanterías metálicas de los grandes almacenes. “Los de ahora están hechos para durar cinco minutos. Ves como tengo razón, los juguetes son representativos de una época y en la actual no se valora la calidad y mucho menos el valor artístico de los juguetes”. Pepe echa un vistazo a la colección de tanques Payá, fabricados en hojalata en la década de los 50. “Me queda el consuelo de haber sabido transmitir a mi nieto el valor de un juguete. Puede que eso ya sea más que suficiente”. Y se contesta a sí mismo cuando sus ojos recobran ese extraño resplandor.

*****

Texto: Benito Queveda

Imagen: http://helloevelyn.tumblr.com/post/42037869324

Anuncios

tumblr_m7is5yf8SV1rbxbmeo1_500

Mis días siguen siendo tuyos a pesar de la lejanía. Distancia en el tiempo, en el espacio. ¿Cuántos años han pasado? Decenas de arrugas se han agarrado a mi piel desde entonces. Me tranquiliza pensar que nacen por ti, que cada experiencia que vives intensamente se refleja en mis manos, que cada sonrisa que regalas tensa mi cara con fuerza.

          ¿Recuerdas cuando te reconocí en una sonrisa? Teníamos unos doce años. Paseaba por Santillana del Mar con mis abuelos. Aquella soleada mañana de otoño en la que leías un cuento de fantasmas bajo la sombra de un roble. Una hoja descendió lenta desde la copa, bailando un vals silencioso con el aire, hasta besar tu pelo. Entonces miraste hacia mí y me hechizaste con el leve movimiento de unos labios. Fue bello. Fue amor. Pero te pusiste en pie y empezaste a correr hasta desaparecer. Y yo me quedé allí, inmóvil pero diferente. Nubes grises se confunden con mi memoria enamorada, brindando una fina y elegante lluvia a la tierra de aquel paraje de mi adolescencia. Cierro los ojos y el agua lo inunda todo. Los abro y la tempestad se ha desatado en el océano Atlántico.

            ¿Recuerdas cuando te reconocí en un llanto? Aquella terrible tormenta que nos meció a su antojo por la cubierta de un barco que había de llevarnos a Villa Cisneros. Ni siquiera fui consciente de tu presencia hasta que los vaivenes violentos dictados por la rabia de las olas te entregaron a mi pecho. Te sujeté para evitar que cayeras y así, unidos, jóvenes, permanecimos hasta que cielo y mar se pusieron de acuerdo en ofrecernos una tregua. Al instaurarse la calma, rompiste a llorar. En ese preciso instante supe que eras tú, amor. Desembarcamos en el puerto. Dimos un largo paseo alrededor del mundo. Pero un atardecer soltaste mi mano y te fundiste con la niebla hasta desaparecer.

            ¿Recuerdas cuando te reconocí en un reflejo? La época en París. Aquella evocadora cafetería de Montmartre que se ocultaba, tímida, en una esquina a los pies del Sagrado Corazón. Durante meses no me revelaste quién eras y yo, torpe, no supe verlo. Tus movimientos cuidaban la trayectoria de cada gesto, desnaturalizado. La mirada, neutra. El idioma, distinto. Pero tu imagen, reflejada en un espejo, te delató. Fue la manera en que preparabas el café antes de servírmelo. Tus dedos, frágiles, dirigidos por el corazón, componían una dulce sinfonía acariciando la taza, escogiendo la cucharilla precisa, jugueteando con el sobre de azúcar. No cabía duda. Sin la máscara, tu voz era otra. Cada palabra que pronunciabas se la arrebatabas a la nada. A pesar de nuestra avanzada edad, recorrimos Francia en bicicleta como dos niños deshojando sentimientos recién descubiertos. Sentimientos de otro mundo. Hasta que desapareciste.

            Como un día prometí, he regresado a casa. Es primavera. Contemplo el roble donde todo comenzó y pienso en la posibilidad de que seas un fantasma que logró escapar del cuento. Eso lo explicaría todo. El caminar etéreo, la facilidad para cambiar de rostro, la forma en que terminas desvaneciéndote. O puede que simplemente seas una idea imposible de atrapar. No importa, tu nombre carece de relevancia porque siempre eres tú. Te echo de menos pero no redacto esta carta para expresar hasta qué punto. Tampoco para rogarte que regreses ahora que mis días se agotan. Ni siquiera para refugiarme en el recuerdo de lo vivido. Esta carta solo es una carta de amor.

                                                                                                              Santillana del Mar, hoy.

*****

Texto: Benito Queveda

Imagen: “Morning Coffee” http://scottmattlin.com

El silbido del camino

Al salir del bosque, el hatillo del peregrino descendió hasta rozar el suelo embarrado. Con los dedos temblorosos se ajustó el sombrero roto que le resguardaba inútilmente de la arreciante lluvia. Conteniendo la respiración durante varios segundos, contempló el pueblo. Cuando no pudo aguantar más, espiró.

Cualquier camino es idéntico a los demás cuando todos han perdido su significado. Cualquier pueblo. La chimenea humeante, la iglesia y su campanario, el mismo rumor del agua de la fuente. Había recorrido los cinco continentes. Había dormido en cientos de catres distintos. Y en cientos de suelos. Las nubes habían dibujado ya todas las formas posibles. Hacía muchos kilómetros que las calzadas, recovecos, muros, iglesias, fuentes y almas se respiraban igual. Todas le robaban parte de su aire.

La chimenea de la casa más cercana desprendía un humo ennegrecido que comenzó a penetrar en sus pulmones, tornándose en bronco lamento al recorrer el interior de su ser.  No era la primera vez que lo hospedaba. Inspiró profundamente y el hatillo reemprendió la marcha desde las alturas siguiendo el pesar de unos ecos que rogaban su presencia. El sollozo desesperante que le guiaba se confundía con la tormenta desatada en el exterior. Una batalla de truenos y relámpagos que se reproducía amplificada en su cabeza conforme el llanto se hacía más intenso. El humo se respiraba cada vez más negro. El hombro izquierdo, que cargaba el peso del hatillo, flaqueó con la descarga de una centella y el dolor a punto estuvo de derribarle. Pero no cayó. Ni siquiera él era capaz de recordar por qué, pero debía continuar caminando.

El gemido cesó cuando el peregrino detuvo su presencia frente a la entrada de una casa. El viento, que escapaba raudo a través de la puerta abierta, saltó hasta las heridas abiertas en su piel castigada, arañándolas con crueldad. Moviendo en primer lugar el pie derecho y luego, con torpeza y al descompás, el izquierdo, superó el umbral marcado por la puerta. No fue difícil adaptar la vista a la oscuridad de la estancia. Sus ojos se habían acostumbrado a vivir en la ausencia.

Al fondo, junto a una chimenea apagada, tiritaba arrinconada una familia. El peregrino no reparó en los rasgos físicos que caracterizaban a sus miembros ni en lo que representaban como conjunto. Simplemente se acercó hasta sentir en su tez el aliento pavoroso y nauseabundo de una de esas almas. La del padre. La niña balbuceó y su madre reaccionó aprisionándole la boca con una mano. La pequeña se retorcía de miedo. Sus murmullos se escurrían a través de los dedos maternales que trataban de ahogarlos. La mirada del padre parecía rendirse ante el pulso interior que libraba con el extraño. Sus ojos, finalmente, claudicaron.

La niña aumentó el ímpetu de sus movimientos, que se volvían más convulsos ante la consciencia desaparecida de su progenitor. De repente, éste, con ojos aún cerrados, propinó un grito que sacudió el organismo del peregrino. El hatillo comenzó a caer e impactó estrepitósamente contra el suelo. El nudo se desató y los objetos, hasta entonces resguardados por el paño, se desperdigaron por la estancia. Los cabellos grasientos del portador, en cambio, reposaron pacíficos sobre el piso. El tronco y las extremidades chocaron contra el suelo con la misma modestia. Desde esa posición, sin poder siquiera girar la cabeza, fue testigo del agotamiento mayúsculo del padre. Éste, al ritmo de suspiros entrecortados, abrió lentamente los párpados, aflojó la tensión de sus puños. Respiró aire. Esbozó una sonrisa al contemplar a su familia. Se extrañaban tanto que el abrazo que siguió pareció confundirles. Permanecieron unidos hasta que, acariciando el pelo de su pequeña, le hizo un gesto a su mujer. Con los ojos brillantes por la emoción de ver así a su esposo, sorteó el encuentro con el peregrino y salió de la casa. El padre avanzó unos pasos y con desgana le tendió la mano, sin prestarle atención, entretenido con el pelo rizado de su pequeña. El peregrino la aceptó y consiguió ponerse en pie. Tambaleándose se sacudió el polvo del ropaje y acarició lo que en otro tiempo fue su espalda, ahora entregada al frío por un nuevo y doloroso jirón.

La madre apareció cargada de leña seca. La familia se acomodó alrededor de la chimenea mientras la mujer, provista de una caja húmeda de cerillas, trataba de prender lumbre. El peregrino, corvado y tembloroso, recogió los efectos derramados, los reunió sobre el paño y recompuso el hatillo. La mujer consiguió al fin encender el fuego y frente a él comulgaron los tres. El extraño, ajeno a los sentimientos que compartían, sintió cómo el calor traspasaba sus vértebras destrozadas sin insuflar el más mínimo alivio. Cargó sus pertenencias a la espalda y abandonó aquel hogar, mortificado por un hatillo cada instante más pesado.

En el exterior tosió. Las chimeneas de las casas expulsaban tanto humo que el pueblo y su cielo estaban inundados. Un sinfín de voces se mezclóen su cabeza, llamándole. Obediente, acudió al encuentro. Tras visitar la quinta casa un ataque de tos amenazó con asfixiarle. Al salir de la séptima, comprobó que había perdido la sensibilidad en las manos. Después de la décima apenas podía caminar. Luego dejó de ser consciente de cuántas había visitado. No sabía dónde se encontraba. Ni siquiera recordaba quién era. Pero estos pensamientos se desvanecieron con la irrupción de un nuevo chillido. Le dolía respirar. Se agachó buscando resquicios de aire y así, gateando, torpe, se dirigió a la chabola que divisaba en su cercanía. Arrastrando el hatillo por el suelo embarrado, remolcándolo con el impulso de un presente agotado, volvió a toser.

La puerta le esperaba abierta. Intentó sortear la ola de viento girando la cara a un lado pero la frialdad de la bofetada resultó infranqueable. Dolorido, logró entrar en la chabola. Aferrándose a una de las paredes se puso en pie frente al joven anfitrión. Se acercó a él dando tumbos, sintiendo el olor a cebolla podrida que desprendía su boca cerrada. Un aliento que lo ensuciaba todo. Ambos se miraron sin pronunciar palabra hasta que los ojos del joven se durmieron. Las rodillas del peregrino flaquearon y el grito salvaje que huyó del alma del joven se refugió en él, arrojándole al suelo. El chico volvió en sí. Palpó con las yemas de los dedos cada milímetro de cara hasta cerciorarse de que era suya. Después, apiló en la chimenea la leña que tenía esparcida por la chabola, prendió fuego y se sentó a contemplarlo. El leve quejido que acompañaba cada intento de respiración del peregrino no conseguía distraerle. Los quejidos se agravaron con el paso de las horas. El anfitrión salió del trance y acudió en su ayuda sin urgencia. Metiendo los brazos entre sus axilas y tirando de él hacia arriba consiguió ponerle en pie. Necesitó sostenerle largo rato para que no volviera a caer. Le acompañó hasta la puerta, le acercó sus enseres y se despidió colocándole el sombrero. La lluvia había cesado, dejando paso al sol. El humo negro que sitiaba el pueblo a su llegada se presentaba, ahora, desarmado y gris. Los ojos del peregrino sobrevivían sin mirada

La puerta se cerró tras de sí, marcando el momento en que sus costillas cedieron ante la presión insostenible de un hatillo más pesado que la vida que lo sostenía. El cuerpo, sumido en el destrozo, le abandonó precipitándose contra el barro. Con parte del rostro sumergido en el charco de lodo escuchó el toque de la campana mayor de la iglesia.

Algunos habitantes del pueblo, ataviados con sus trajes de domingo, salieron de sus hogares. El joven de la chabola. La familia de la niña rizosa. Nadie miró al peregrino. Los lugareños se saludaban vociferando los nombres de unos y otros como si con cada pronunciamiento éstos cobraran mayor sustantividad, bromeando sin que la derrotada presencia del moribundo perturbara la calidez de los gestos que compartían. El peregrino ya apenas distinguía un leve rumor en sus exabruptos. La cercanía de los feligreses no hacía sino alejar el sonido de sus voces. La ansiedad de los repiques que siguieron no aceleró el pulso del peregrino. Tras una breve pausa, una campanada aislada pareció cercar su camino, condenándole a fundir su piel con la tierra de un paraje anónimo que jamás conocería su nombre.

Antes de que eso ocurriera pudo vislumbrar como una pequeña piedra se desprendió del suelo, ganando altura con timidez. El resto de piedras la siguieron en su ascenso, cambiando de color con cada metro ganado a la superficie. El agua estancada también emprendió el camino de regreso a las nubes. Envidiosa, la tierra se resquebrajó e intentó elevarse. El cielo, convertido en un anaranjado y enfermizo paraje, se desprendía a pedazos en un sinsentido que el peregrino ya no cuestionaba. Los restos muertos del firmamento arroparon su cuerpo, cubriendo toda posible respuesta con un manto de futilidad irreducible.

Y del caos, surgió un silbido.

Leve e inconstante al principio, fue paciente, cobrando vigor hasta reconciliarse en un susurro de insólita tristeza. Las piedras que se alzaban incongruentes quedaron suspendidas en el aire, contagiadas por el pesar de las notas que componían el susurro.  La tierra, el cielo y el agua firmaron una tregua, mostrando su admiración a la melodía naciente. El peregrino notó un ligero cosquilleo en el interior de su nariz. Una voz de mujer irrumpió en sus fosas nasales y se extendió por su morfología. Una voz esencial que le acariciaba con la narración de una historia. Con el roce de sus versos recuperó la mirada. Enjuició el sinsentido. La voz proseguía su cantar, devolviendo al cielo su azul, recordando a las piedras su lugar, rescatando del olvido un nombre.

Sí. La voz le llamaba por su nombre, seduciéndole con una tristeza inverosímil, que no reclamaba consuelo, bella, pura, que ofrecía envolverlo en su vida, abrazarle con su pronunciar. Al escuchar su propio nombre, el peregrino recordó quién era y por qué caminaba. Ningún camino es idéntico a otro. Ningún pueblo. Se levantó del barro con relativa gracilidad y observó sus manos sin arrugas. Tocó su cara, caliente. Sus hombros volvían a ser fuertes. Y sus piernas. Comenzó a correr en busca de la voz, permitiendo que los objetos que nunca le pertenecieron quedaran enterrados en el lodo, exclamando a los cuatro vientos el nombre que la misteriosa mujer le había devuelto. Se acercaba al origen. La voz provenía de la última casa del pueblo. El peregrino llegó, agarró el pomo de la puerta con decisión, lo giró impaciente y sonrió.

En ese preciso instante, un hombre salió de la iglesia y se ajustó la chaqueta con elegancia. Intercambió unas palabras con el monaguillo acerca del soleado día que Dios les había brindado. Se despidió del resto de feligreses y caminó despacio hacia su hogar, la última casa del pueblo. Cuando entró, su mujer le recibió con un beso tierno. Una voz lírica femenina vestía la estancia, expandiendo su canto a través de las paredes. El hombre se taponó el oído izquierdo con un dedo y accionó el freno del gramófono bloqueando el giro del plato. La música cesó. Continuó besando a su mujer en silencio. Se quitó la chaqueta, se sentó en la hamaca y esperó a que el asado estuviera listo.

Un pequeño gusano emergió del fango y comenzó a recorrer la figura postrada del peregrino. Se introdujo por un descosido y reptó sobre la superficie de su pecho gélido hasta asomarse por la abertura de otro desgarrón. Exploró el relieve de su cara, acercándose a las fosas nasales. El peregrino notó un ligero cosquilleo en el interior de su nariz que confundió con un silbido. Empleó su último aliento en susurrar un nombre que no le pertenecía. Con los ojos cerrados, sonrió.

*****

Texto: Benito Queveda

Ilustración: Pablo Parra —  http://koviski.tumblr.com

Luz para fantasmas

Publicado: 12 noviembre, 2012 en Relatos
Etiquetas:, , ,

“En los teatros de antes de la electricidad, diría el señor Whittier, la luz para fantasmas actuaba como válvula de escape para la presión. Centelleaba y brillaba con más fuerza, para evitar que el lugar explotara si había algún escape en los conductos del gas.”

                                                                                                          CHUCK PALAHNIUK

                                                                                                                       “Fantasmas”

Luz para fantasmas

El ruido de las escobas se desvanece, la puerta que da acceso al pasillo central se cierra y los potentes focos que vigilan desde el techo se apagan. Es entonces cuando una bombilla desnuda situada en el centro del tablado ilumina el teatro. Su luz, aunque débil en apariencia, logra sostener el peso de un silencio aparente, de la aparente ausencia. Pero entre bastidores nada es lo que parece.

Una vieja superstición asegura que la luz solitaria impide que los fantasmas que frecuentan el teatro se aprovechen de la oscuridad para acercarse al tablado. Los espectros quieren representar su historia una vez más. Necesitan comprobar si a través de una correcta puesta en escena pueden comprenderla. Pero el escenario es inalcanzable. Se limitan, así, a recorrer el patio de butacas murmurando monólogos incoherentes que acreditan que alguna vez fueron carne y hueso. La mala acústica del patio propicia que los relatos de unos y otros se entorpezcan. El volumen de sus gritos se incrementa. El abuso sexual que sufrió su hermana menor a manos de su primo y que él no impidió se confunde con la historia del beso de amor que recibió una chica ciega a la salida del colegio. El aliento moribundo de una madre en un sucio hospital de Salamanca y el día en que, sujetándole con ternura, olió por primera vez la cabeza delicada de su hijo recién nacido y se dio cuenta de que era una parte de él. Todas esas historias reducidas a pésimos ecos. Interrumpidas por las demás. Ansiando, todas ellas, el lugar preferencial que merecen en el escenario y en la historia. Maldiciendo la luz que les condena a seguir siendo fantasmas.

Otra superstición igual de antigua asegura que la luz solitaria permanece encendida para que los espectros puedan llegar hasta el tablado. Un faro en la noche que muestra el camino. Frente a ellos, unas butacas vacías dispuestas a escuchar. Los fantasmas se sitúan en las posiciones asignadas por las marcas del suelo y esperan su turno para entonar con vigor aquello que no se atrevieron a susurrar en vida.

Se alza una voz que relata los llantos de una hermana. Los que se repitieron durante años hasta que la pequeña fue consciente de su tragedia y se suicidó. El fantasma número uno da un paso adelante y grita “¡Yo la maté!” y sus palabras se proyectan alrededor del teatro impregnándose en la madera. “¡No lo impedí!”.

Y el fantasma de la chica ciega se acerca a la fuente de calor que desprende la luz. “Me agarró con firmeza y besó mis labios mostrándome lo bella que podía llegar a ser. Fui amada durante unos segundos y después desapareció. Pero sé que volverá para besarme”.

Las funciones se repiten una noche. “Aquella mujer del hospital no era mi madre y sin embargo lo era. Todos esos tubos para respirar…  no la miré a los ojos. Me ofreció su mano huesuda y ni siquiera la rocé”.

Y otra noche. “Lo que más echo de menos es el olor a vida nueva que desprendía al nacer. Esa pequeña criatura era tan mía como suya. No tenía derecho a arrebatármela. Tuve que hacerlo, no me quedaba otra opción”.

La luz les llama y ellos acuden. Muestran sus cicatrices entre sollozos. Observan las butacas, deseando descansar sobre ellas. Pero no pueden. La bombilla permanece encendida y el escenario dispuesto.  Han de seguir narrando las historias que les impiden ser libres. Y gritan al unísono “¡Yo la maté!”, y rezan “¡volverá para besarme!”, y las heridas se abren al recrearse en su dolor, maldiciendo la luz que les condena a seguir siendo fantasmas.

Supersticiones contradictorias iluminadas por la misma bombilla. Amuleto frente al mal o catalizador de pecados. Una cosa es segura, el teatro nunca se sumerge del todo en la oscuridad ni se entrega por completo al silencio. Las historias de vivos y muertos, sean murmullos o gritos, no lo permiten.

*****

texto: Benito Queveda

Imagen: http://links.es/6084